"Pertenezco a la generación de los que siendo aún niños, escuchábamos a Machado en la voz de Joan Manuel Serrat cuando decía: "caminante no hay camino, se hace camino al andar".  Pertenezco a la generación de los soñadores que caminábamos junto a Los Jaivas por las calles de Viña del Mar, cantando: "seamos amigos, seamos hermanos". Una frase tan simple e inocente, que se nos hizo tan difícil durante años.

Estudié ingeniería cuando las calculadoras sólo sumaban y restaban e Internet era un sueño de ciencia ficción. Ingresé a los fríos laboratorios de electrónica y navegué entre los condensadores y las resistencias, junto a algunos amigos con los que ya nos preguntábamos cual sería el verdadero sentido de nuestro futuro quehacer profesional. En ese mundo, empecé a percibir el arte con otra mirada, a conocer el pensamiento de Krishnamurti, los escritos de Khalil Gibrán y a escribir mis primeros poemas que me conectaban con los sentimientos, las emociones y la espiritualidad. Crecí como estudiante, escuchando a Lennon que nos invitaba a imaginar. "Imagina a toda la gente compartiendo el mundo, imagina a toda la gente en paz", cantaba, mientras yo me sumergía en las abstracciones de la investigación operacional, la economía y las estrategias empresariales.

Ya en la empresa, descubrí que el centro de nuestro quehacer es el ser humano y que el objetivo final de las organizaciones es la felicidad de sus integrantes y de todos sus referentes, incluyendo a los accionistas, clientes y proveedores. El mundo del trabajo ha cambiado profundamente en los últimos años. Las nuevas realidades y el avance veloz de la tecnología, están influyendo fuertemente en las empresas y en la forma que éstas deben competir en un mercado global. Para adaptarse a este nuevo entorno, las empresas han creado y reformulado una y otra vez su misión, su visión y sus políticas. La importancia que han tomado las personas que la integran es cada día mayor, su responsabilidad, su poder y la complejidad del trabajo, necesita de un reconocimiento del individuo como un ser integral, aceptándolo con sus motivaciones personales y respetando su propia misión. Todo esto, impone un gran desafío donde ya no bastan los conocimientos ni los recursos financieros, son decisivas las relaciones interpersonales, la convivencia, el saber escuchar, interpretar y comunicar, respetar a la persona, no como un recurso más, sino como  un ser que tiene el derecho a desarrollarse más allá de su quehacer laboral. Las empresas son personas. Las ventajas competitivas están en las personas.

Por eso, cuando se entiende a la empresa de ese modo, empiezan a cambiar nuestros viejos paradigmas. Ya no se habla más de "mano de obra" e incluso el término recurso humano empieza a quedar obsoleto. Ya no funciona más la teoría del garrote y la zanahoria. Sabemos también que los problemas familiares no se quedan fuera de la empresa, porque las personas no se pueden fragmentar. El coeficiente intelectual ha dejado de ser la medida más relevante, para dar paso a la inteligencia emocional, que reconoce la autoconciencia, la motivación, la empatía y también, para dar paso a la inteligencia espiritual, que está relacionada con nuestra misión en la vida. Otros paradigmas que han ido cambiando nos permiten reemplazar lo urgente por lo importante, incorporar la calidad como una forma natural de realizar nuestro trabajo, bien desde el comienzo, en un ambiente de mejoramiento continuo, con tolerancia al error. No existe el fracaso, sólo existen los resultados. Se empiezan a terminar las discriminaciones. Se impone el enfoque ganar - ganar, la administración por valores y el respeto por el medio ambiente. La capacidad de desaprender se hace tan importante como la de aprender. La excelencia y el éxito exige trabajar en equipo, comprometidos y con una actitud de servicio, donde tomando las palabras de Gabriela Mistral, "Sirva…, como sirve el viento".

En todo este panorama de cambio, darle un sentido a la vida y la búsqueda de la felicidad sigue siendo un derecho legítimo y un factor importante a considerar. Por ello, además de la gratitud como un factor esencial para el ser humano en su relación con el pasado, existen otros factores relacionados con el futuro, como son el optimismo y la esperanza. Estas emociones, que pueden cultivarse y desarrollarse, favorecen el crecimiento personal y la resistencia a la adversidad. El optimismo es una de las claves para ser saludables y vivir más. Ser optimista no significa ignorar la realidad ni vivir ilusionado con algún proyecto que nunca se realizará. Por el contrario, el optimismo es una actitud positiva para corregir la realidad y para mejorar continuamente la calidad de vida, a pesar de las dificultades que puedan existir. Practicar deportes, escuchar música, desarrollar actividades complementarias al trabajo habitual, el arte, la recreación y la vida familiar, son algunas formas para desarrollar una mirada optimista que permita consolidar personas integrales. El ambiente de la empresa puede colaborar en este proceso, facilitando y promoviendo actividades en esa dirección. Pero será la persona en definitiva, quien con su propia energía, sea la encargada de salir a buscar el futuro y transformarlo con optimismo. Una persona que mira su trabajo bajo una perspectiva diferente, amplia y completa, sin los límites dados por una descripción de cargos o un organigrama, descubrirá una nueva dimensión que lo proyectará más allá de lo imaginable. Roberto Matta decía: "hay que iluminar nuestro verbo y reoxigenar la vida, mañana es hoy día mismo y estamos muy atrasados".

Junto al optimismo y la esperanza está la alegría. La alegría ayuda a sanar y tal como nos ha enseñado el doctor Patch Adams, el poder curativo de la risa, el humor y el amor, son la mejor medicina. La ausencia de alegría nos conecta con nuestras dificultades afectivas. Que difícil resulta a veces decir: "te quiero", qué difícil resulta abrazar a un amigo. Nos cuesta hacerlo con los más cercanos, con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros padres. Por lo tanto más difícil es aún hacerlo en nuestro entorno laboral, encontrar un trabajo bien hecho, entregar una palabra de afecto o permitirse un rato de humor, son a veces considerados símbolos de debilidad. Cuan equivocados estamos, un cariño y un reconocimiento realizado a tiempo, puede incluso salvar una vida. Hoy, cuando el mundo aún no se recupera de la impactante caída de las Torres Gemelas o la tragedia de los niños de Beslán, este mensaje cobra más fuerza que nunca. El argentino Diego Torres cantaba en los momentos más difíciles de la historia de su país: "pintémonos la cara color esperanza, tentemos al futuro con el corazón".

Ante tanto estímulo externo y confusión, además de la gratitud, la esperanza y el optimismo alegre, para responder adecuadamente a estos cambios, es recomendable mirar al interior para descubrir nuestros propios valores. Los valores son como un canal que contiene las aguas de nuestros anhelos y proyectos. Serán estos el sustento de cualquier decisión que debamos tomar, impidiendo que las aguas desborden su curso. Los valores nos permiten reconocernos como parte de un todo, donde más allá de uno, importa la familia, la comunidad y el mundo.
Al leer el Antiguo Testamento, sobre Buda o Jesús, a Confucio o El Corán, se puede observar que en el tiempo, hay valores que siempre han sido reconocidos. La sabiduría, la fortaleza, el amor, la justicia, la templanza y la espiritualidad. Estos pueden guiar nuestras vidas. Hoy más que nunca, es importante actuar de acuerdo a ellos para poder transitar sin temor hacia un futuro desconocido, pero que nosotros estamos construyendo.

Un valor adicional a los mencionados es la creatividad, que nos permite conectar mundos y hacerlos interactuar. Conectar el trabajo con la familia, la razón con la emoción. La creatividad nos ayuda a integrar los hemisferios cerebrales, derribar las barreras que nos auto imponemos, diseñar nuevos productos, generar nuevas ideas y proyectos. La creatividad permite relacionar y recrear, inventar y reinventar. Por esto, el arte que también es una manifestación de la creatividad, tiene cabida en la empresa. El arte nos permite desarrollar el pensamiento no lineal, nos vincula con la belleza, con la espiritualidad y con aspectos de nuestro inconsciente, a los cuales de otra forma sería imposible acceder. El arte no es sólo para los museos, puede estar en los productos, en los envases, en las oficinas, en los jardines, disponible para todos. El arte es una expresión más de la responsabilidad social empresarial.
Por ello y a modo de resumen, se puede concluir que podemos desde la empresa, donde pasamos el mayor tiempo de nuestras vidas, crear los espacios para el desarrollo integral de las personas, a partir de la satisfacción en el trabajo, en forma compatible con los objetivos de la organización, en un ambiente armónico y creativo, de tal modo que cuando revisemos nuestro pasado, sólo sintamos gratitud y cuando nos proyectemos al futuro lo sigamos haciendo a partir de nuestros valores, con optimismo, alegría y esperanza, los factores más relevantes para una felicidad presente y duradera."

Extracto del Discurso de Ricardo Nanjari agradeciendo la obtención del Premio Julio Donoso Donoso otorgado por el Instituto de Ingenieros de Chile en su versión 2004.

 

 

 

 

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